Informe técnico revela por qué colapsó la ciudad en febrero

La convergencia de humedad atlántica, dinámica andina y suelos saturados explica la magnitud del desastre.

El desastre hidrometeorológico que golpeó a Arequipa en febrero de 2026 no fue un hecho aislado ni producto del azar. Un informe técnico elaborado por el doctor Edgard Gonzales Z., investigador de la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA), concluye que la emergencia fue consecuencia de una combinación precisa y peligrosa de factores atmosféricos y condiciones locales. La región sufrió miles de damnificados, viviendas destruidas y pérdidas humanas, en un escenario que obligó a declarar el estado de emergencia. Sin embargo, el estudio advierte que lo ocurrido responde a patrones climáticos identificables y, por tanto, previsibles.

A diferencia de otros eventos extremos registrados en el norte del país, esta vez la humedad no provino del Pacífico. Según el análisis, todo comenzó con un incremento de 1.2 °C en la temperatura del Atlántico Tropical Norte, lo que generó una masa significativa de vapor de agua. Ese volumen fue transportado por el llamado Jet de Niveles Bajos de Sudamérica y, posteriormente, facilitado por la configuración atmosférica conocida como la Alta de Bolivia, que permitió que la humedad cruzara la cordillera. El resultado fue una descarga intensa de lluvias sobre la cuenca del río Chili, en un momento en que la ciudad ya se encontraba en una situación vulnerable.

El suelo fue el punto de quiebre

Además, el factor determinante no fue solo cuánto llovió, sino dónde cayó esa agua. El terreno estaba completamente saturado tras 27 días de precipitaciones en un periodo de 42 días. Para el 18 de febrero, el suelo había alcanzado su límite de absorción. En términos prácticos, funcionaba como una esponja que ya no podía retener ni una gota más. Desde entonces, casi toda la lluvia se transformó en escorrentía superficial, desplazándose rápidamente hacia quebradas y torrenteras. Esa condición aceleró el aumento del caudal del río Chili y activó puntos críticos en distintos sectores urbanos.

Los días 19 y 22 marcaron el punto más crítico. El primero registró lluvias intensas que hicieron que el caudal del río casi se triplicara en pocas horas, activando torrenteras como Los Incas, Chullo y San Lázaro. Sin embargo, el 22 la situación fue aún más severa: la precipitación superó los 15 milímetros por hora y el suelo, ya sobresaturado, no ofreció resistencia alguna. El río rompió niveles de alerta y se produjo el desborde más grave en la torrentera Chullo, afectando numerosos barrios. La diferencia entre ambas fechas demuestra que la saturación previa del suelo fue el elemento que terminó de inclinar la balanza hacia el colapso.

Recomiendan

Frente a este panorama, el informe propone una matriz de umbrales críticos que combina intensidad de lluvia y humedad del suelo para activar alertas tempranas. Además, recomienda instalar estaciones telemétricas en cabeceras de cuenca como Chiguata y Aguada Blanca, reforzar infraestructura vulnerable y centrar el monitoreo en fenómenos como la Alta de Bolivia y el calentamiento del Atlántico Tropical Norte. Las proyecciones de organismos como NOAA, el ECMWF y el SENAMHI advierten que marzo podría traer lluvias por encima de lo normal. Por eso, la conclusión es clara: la amenaza no ha terminado y la prevención, basada en datos en tiempo real, será clave para evitar una nueva tragedia.